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Relato de una experiencia muy amarga en busca de justicia y para que no se vuelva a repetir

Mi nombre es Mª Ángeles Hernando Calvo, aunque todo el mundo me llama Miriam. Soy afiliada a CCOO desde finales de los años 70, desarrollo mi actividad en Málaga y mi ámbito laboral es la sanidad. En el año 1996 me liberaron en la Unión Provincial para tareas relacionadas con políticas sociales, inmigración, cooperación al desarrollo y acción sindical, formando parte de la Comisión ejecutiva provincial (CEP). He sido expulsada del sindicato durante dos años por haber denunciado una agresión machista contra mi persona por parte del Secretario provincial de organización, Fernando Muñoz Cubillo, en junio del pasado año. A continuación relato mi experiencia.

Desde hace ya tiempo, en la dirección del sindicato de Málaga se acordó realizar guardias de tres personas por las tardes debido a que los EREs aplicados por el sindicato han supuesto el despido de varios compañerxs. El 10 de junio de 2014, durante el transcurso de una asamblea de delegadxs, la secretaria de comunicación se acercó a mí para darme las llaves de la sede —tres plantas en un edificio de siete— con el objetivo de que la cerrara tras la guardia de la tarde. Le dije que no lo haría yo sola, puesto que ninguno de los otros dos compañerxs que compartían turno conmigo estaban presentes y por motivos de seguridad considero que no es correcto que una sola persona realice esa tarea. Repentinamente, sentí un golpe muy fuerte y doloroso en la cadera provocado por un objeto contundente. Se trataba de las llaves del local —una de ella es antigua y tiene un tamaño y un peso muy considerables— que habían sido arrojadas contra mí por el secretario de organización de la Unión Provincial de Málaga.

Hoy me arrepiento de no haber denunciado esta agresión en ese mismo momento delante de la asamblea. No lo hice porque pensaba que en el sindicato había garantías democráticas y que principios básicos, como el respeto a la integridad de las mujeres y el rechazo de cualquier tipo de agresión machista, eran inviolables. Por ello, consideré que lo más adecuado era denunciar posteriormente este hecho en la primera reunión de la Comisión Ejecutiva Provincial. Estaba convencida de que buena parte de la dirección se indignaría e intervendría para evitar que esta actuación intolerable quedara impune. Me equivocaba y mucho.

En una reunión mantenida con el Secretario General de CCOO Málaga, Antonio Herrera López, y la persona que me agredió, Fernando Muñoz Cubillo, el primero me indicó que debía olvidar el ‘incidente’. Consciente de la impunidad de la que gozaba, mi agresor, Muñoz Cubillo, se atrevió a decirme: “…pues no quería darte en la cadera sino en el chochete.” Me levanté indignada dando por terminada esta encerrona.

Tras comentar estos hechos con varios miembros de la CEP, propuse al Secretario General tratar este tema en la ejecutiva, pero nuevamente se me instó a olvidar el asunto y se me indicó que podría verme fuera de la ejecutiva si insistía. Hice caso omiso a esta advertencia y cuando en la CEP se produjo la valoración de la asamblea de delegados sin realizar ninguna mención a los hechos que he relatado, tomé la palabra, denuncié la agresión y exigí que constara en acta. Todos los miembros del máximo organismo de dirección de CCOO en Málaga guardaron un silencio cómplice.

Todos estos acontecimientos provocaron que a mis problemas en la cadera —todavía tengo molestias y estoy pendiente de nuevas pruebas médicas— se sumara una crisis de angustia y ansiedad y la consiguiente baja médica. Cuando regresé pasado unos días, me encontré desmantelado el equipo y cerrada la secretaría en la que desarrollaba mi labor sindical. A mi ansiedad se sumó entonces una gran tristeza y confusión, y mi médico decidió ponerme en tratamiento durante varios meses.

En septiembre, volví a incorporarme a la actividad del sindicato y comprobé que el mundo seguía estando del revés: la víctima seguía siendo tratada como el verdugo. El Secretario General me dijo que había ofendido a mis compañeros y que debía volver a ganarme su confianza, por lo que, de momento, debía ponerme a disposición de la federación de sanidad. Probablemente, más de uno en la cúpula del sindicato de la que yo he formado parte durante muchos años, especulaba que a cambio de mantener mi liberación estaría dispuesta a echar tierra sobre todo lo sucedido. Rechacé tajantemente semejante ‘transacción’: no pienso renunciar a defender mis derechos como mujer y como trabajadora, ¿no es ese acaso ese el espíritu de lucha gracias al cual nuestro sindicato se ha hecho grande? Así pues, se produjo mi desliberación y me incorporé a mi puesto de trabajo en el centro de salud de San Pedro de Alcántara.

El pasado 8 de marzo, aprovechando esta fecha emblemática para las mujeres trabajadoras, solicité la intervención de la Comisión de Garantías de CCOO. Así he podido comprobar en primera persona la indefensión absoluta de lxs afiliadxs cuando defienden opiniones contrarias a los órganos de dirección. A día de hoy no he recibido respuesta.

Tras llamar a todas las puertas del sindicato y encontrarme con un portazo en las narices, el 1 de mayo denuncié la agresión ante el juzgado. La jueza ha admitido a trámite la denuncia y estoy a la espera de fecha para iniciar los preliminares.

Para terminar, debido a mis denuncias en las redes sociales he sido expulsada durante dos años de CCOO. Increíble.

Por ello exijo:

- Inmediata apertura de una investigación sobre la denuncia de agresión de la que he sido víctima, con todas las garantías democráticas.
- Retirada de la sanción de expulsión.
- Reincorporación a mis tareas en el sindicato, siendo potestad de los congresos y asambleas de afiliados, y no del Secretario General, decidir quienes deben ocupar responsabilidades en los órganos de dirección.
- Que la persona que me agredió, y sus encubridores, asuman su responsabilidad y las consecuencias que se derivan de sus comportamientos.


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